JGarciaHuidobro

Comentario de Joaquín García Huidobro*

Por qué dejó de interesarme la Teología de la liberación

 

Me gustó mucho el artículo de Jorge Costadoat, pero preferiría no haber recibido la invitación a comentarlo. Me temo que muchos lectores se sentirán ofendidos por mis palabras: las considerarán injustas y arrogantes. Pero como estoy convencido de que la invitación está bien inspirada y que les interesa oír una voz crítica asumo mi tarea, aunque sea ingrata.

 

Me interesé mucho por la Teología de la liberación al terminar la universidad, pero luego cambié de tema, y no me arrepiento. ¿Por qué? Daré cinco razones, todas ellas de carácter político. Otros se ocuparán de las objeciones teológicas.

 

  1. La TL me parece un pensamiento encapsulado. Cuando veo lo que leen mis colegas académicos conservadores, constato que gastan gran parte de su tiempo estudiando a autores que piensan de manera radicalmente opuesta a ellos. Se interesan por todos y aprenden de todos. ¿Sucede lo mismo con los teólogos de la liberación? No me imagino a uno de ellos dedicando varios años de su vida a escribir un libro gordo sobre el pensamiento de von Mises, Hayek, John Finnis, Aron, Robert Spaemann, o Augusto Del Noce. En eso se parecen a ciertos liberales: están tan convencidos de la superioridad de su pensamiento que parecen no tener necesidad de aprender de nadie que viva fuera de su burbuja progresista.
  2. No me gusta su paternalismo clerical. Continuamente parecen estar diciendo: “Allí están ustedes, pobres oprimidos, pero no se preocupen, porque yo sé perfectamente qué les sucede, por qué se hallan en esa situación, y qué hay que hacer para sacarlos de ella”. El propio nombre de “Teología de la liberación” parece evocar esa condescendencia paternalista, que heredaron probablemente de sus progenitores conservadores. Ojalá leyeran con atención libros como “Lo que el dinero sí puede comprar”, de Carlos Peña. Más allá de sus limitaciones, constituyen un antídoto contra los aires mesiánicos. De más está decir que el paternalismo no es un defecto exclusivo de la TL.
  3. Pienso que, especialmente en sus comienzos, no se tomaron en serio la necesidad de mediación de las ciencias humanas. Jorge Costadoat alude a ella en su propia definición de la TL, cuando se señala que ella recurre a “los mecanismos de conocimiento de la realidad de las ciencias sociales”. Pero ¿cuáles eran esos instrumentos? En muchos casos, no iban más allá de un marxismo no excesivamente sofisticado. Hoy presentan mayor diversidad, por ejemplo, con la perspectiva de género (donde tampoco predomina el refinamiento intelectual) pero no destacan por la apropiación crítica de los instrumentos utilizados.
  4. Lamentablemente, desde un inicio la TL apareció lastrada por la obsesión progresista. Se los ve tan preocupados por estar en la vanguardia de la historia, que muchas veces tienden a sumarse al último pensamiento de moda. Ayer era el marxismo, hoy la teología feminista o ecológica. Mañana será otra cosa. Los resultados de esta actitud no son buenos. Muchas veces se cumplió lo que anunciaba Maurice Clavel: “Han obrado así por temor a ser los últimos cristianos y serán probablemente los últimos marxistas”.
  5. Los teólogos de la liberación fueron muy valientes en su lucha contra las dictaduras militares de las décadas de los setenta y ochenta, pero ¿se han preocupado con idéntica pasión por las Damas de Blanco en Cuba o de las víctimas del sandinismo? Todos tenemos nuestras inconsistencias, pero esta es especialmente grave en un pensamiento que hace de la coherencia un valor central.

Estamos afectados por incoherencias, pero debemos reconocerlas y corregirlas. Los teólogos de la liberación miraron a Cuba, durante décadas, con una genuina admiración. Y no hablo de la dictadura actual, donde aún existen presos políticos, la libertad de prensa es desconocida y la oposición carece del mínimo espacio para actuar. Me refiero a la dictadura castrista en sus peores momentos, cuando los que pensaban distinto ni siquiera podían abandonar la isla-prisión. Ese no fue un caso aislado: incluso después de caído el Muro de Berlín insistieron en posturas semejantes, esta vez con el chavismo. Hugo Chávez señaló en reiteradas oportunidades su inspiración liberacionista, pero, que yo sepa, los autores de la TL no alzaron su voz para rechazar indignados esa filiación. Todavía en 2011 decía Chavez en su mensaje anual a la Asamblea que: “Cristo fue uno de los más grandes socialistas, el primero de nuestra era y Judas el más grande capitalista, el ejemplo, pues, de lo que es un capitalista: Judas”. Su promesa de 2005 parece hoy una burla cruel: “Asumimos las banderas de Cristo, y tenemos una meta… La pobreza será cero en Venezuela y hemos comenzado a dar avances”. Maduro es la continuación de Chávez, sin retórica ni petrodólares.

 

Acabo de escuchar el podcast donde Daniel Mansuy entrevista a Tomás Moulian en Tele 13 radio. Me impresiona la radicalidad con la que Moulian admite sus errores políticos e intelectuales. Más allá de algunas destacadas excepciones, el clima general de la TL parece poco dado a la autocrítica, y no creo que se deba a la falta de errores.

 

Presumo que los lectores estarán molestos por lo que considerarán una caricatura de sus posturas. Cabe que mi diagnóstico sea errado, y que las cosas sigan siendo tal como las veían Gustavo Gutiérrez y los demás iniciadores de la TL hace ya medio siglo. Con todo, más allá de mis críticas, pienso que la propuesta de una TL todavía es posible, pero tendría que despojarse de su paternalismo; tomarse en serio la mediación de las ciencias sociales, particularmente la economía; invertir largo tiempo en un diálogo con los economistas liberales; despedirse de una vez por todas del marxismo de manual; acometer una seria crítica de los populismos de izquierda, que tanto han influido en el retraso económico de Latinoamérica, y abandonar su tendencia a alimentarse solo de lo que dicen sus amigos intelectualmente afines. Si lo hace, podría prestar un valioso servicio a una sociedad como la nuestra, enferma de individualismo. Algo de eso advierto en este valioso artículo de Jorge Costadoat, que volvió a despertar en mí un interés que parecía perdido.

 

*Joaquín García-Huidobro es Doctor en Filosofía de la Universidad de Navarra y Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad los Andes, Chile.